
Antes de cualquier cosa, hay que decir que existe diferencia entre los finales de las ficciones y las historias verdaderas. El final que escribía en mi mente para mi historia de no ficción era tan absurdo como el mismo hecho de querer escribir el final de una historia que se escribe sola: que la historia nunca acabara o que vivieran felices para siempre. Pero siempre o nunca no existe, al menos no en una historia de no ficción, que es de la que quiero hablar hoy.
Cuesta entender que las no ficciones respiran por sí solas. Que es tan poco lo que se puede hacer por empezarlas a voluntad como por terminarlas. Así como es fortuito el momento en que alguien importante deje de serlo o que un completo desconocido comience a ser más que eso.
Las historias se prenden solas, se consumen el oxígeno y luego se apagan. Y uno trata de soplar entre las brasas, de sacarlas del sofoco. Y el final termina siendo como un parto, que desgarra, pero tranquiliza y obliga a la vida.
Quisiera decir que hace un par de meses tuve que escribir el final de una historia, uno de los finales que se recuerdan. Pero no puedo decir que fui yo quien lo escribió, porque las verdaderas historias, las que de verdad ocurren, las que te enloquecen, te matan y te escupen en la cara, se escriben solas.
Y yo sólo puedo decir que hace varios meses se escribió el final de una historia. No sé si la mejor, una de tantas o la peor de todas. Eso no lo sé. Si fuera yo quien lo hubiera escrito realmente, podría contarlo.
En cambio, sólo puedo decir que una vez hubo una historia real que por mucho tiempo pareció ficción. Pero el día en que se le acabó el oxígeno por completo comprendí que en verdad era una historia de carne y hueso, de las que viven, gritan, duelen, mueren y hasta, un día, se olvidan.


