miércoles 4 de noviembre de 2009

Reflexión de un final


Antes de cualquier cosa, hay que decir que existe diferencia entre los finales de las ficciones y las historias verdaderas. El final que escribía en mi mente para mi historia de no ficción era tan absurdo como el mismo hecho de querer escribir el final de una historia que se escribe sola: que la historia nunca acabara o que vivieran felices para siempre. Pero siempre o nunca no existe, al menos no en una historia de no ficción, que es de la que quiero hablar hoy.

Cuesta entender que las no ficciones respiran por sí solas. Que es tan poco lo que se puede hacer por empezarlas a voluntad como por terminarlas. Así como es fortuito el momento en que alguien importante deje de serlo o que un completo desconocido comience a ser más que eso.

Las historias se prenden solas, se consumen el oxígeno y luego se apagan. Y uno trata de soplar entre las brasas, de sacarlas del sofoco. Y el final termina siendo como un parto, que desgarra, pero tranquiliza y obliga a la vida.

Quisiera decir que hace un par de meses tuve que escribir el final de una historia, uno de los finales que se recuerdan. Pero no puedo decir que fui yo quien lo escribió, porque las verdaderas historias, las que de verdad ocurren, las que te enloquecen, te matan y te escupen en la cara, se escriben solas.

Y yo sólo puedo decir que hace varios meses se escribió el final de una historia. No sé si la mejor, una de tantas o la peor de todas. Eso no lo sé. Si fuera yo quien lo hubiera escrito realmente, podría contarlo.

En cambio, sólo puedo decir que una vez hubo una historia real que por mucho tiempo pareció ficción. Pero el día en que se le acabó el oxígeno por completo comprendí que en verdad era una historia de carne y hueso, de las que viven, gritan, duelen, mueren y hasta, un día, se olvidan.

domingo 27 de enero de 2008

Malditos olisqueadores


No hay nada más odioso que la gente que sube al vagón del metro, a eso de las 7 de la tarde, y empieza a arrugar la nariz y a olisquear el ambiente con cara de asco. Y lo que es peor: algunas veces incluso osan exclamar entre suspiros frases de mal gusto como: "¡oh, que mal olor!", "¡uy, este olor!", "¡uff, está hediondo aquí!", etc.
Punto 1: el metro es hediondo, siempre lo ha sido y siempre lo será. Hay que asumirlo antes de subirse. Y aguantarse. Punto 2: los olisqueadores piensan que ellos son los únicos que sienten el mal olor y por eso se creen superiores y más finos que el resto. Y están muy equivocados, porque tendrían que haberse extirpado la pituitaria amarilla para no darse cuenta de que el metro huele mal. La diferencia es que algunos tenemos la madurez ciudadana para asumirlo y no reclamamos de más. Punto 3: las personas que olisquean el aire, con ánimo de querer buscar la fuente de la hediondez, te hacen sentir como si fueras tú la que olieras mal. Dan ganas de decirles: “oye, yo no soy”, pero excusarse o presumir del buen olor de uno es tan rasca como ser olisqueador. Además, a fin de cuentas, el metro es todos y huele a todos. Y creerse inodoro, como lo hacen los olisqueadores, es una gran hipocresía.

miércoles 26 de diciembre de 2007

Amalia


De vez en cuando me acuerdo de la vez en que me encontré a Amalia en un paradero de micros de Providencia. Me pregunto si estará viva, si habrá encontrado pega, si seguirá aquí en Santiago.
Amalia tenía el rostro curtido por las penas que provocó la lluvia de puñaladas que se llevó a su marido. Se había venido de un pueblito en la IX región a probar suerte acá a la ciudad. Pero salió trasquilada. O peor. A su marido lo asaltaron en Lo Espejo, donde vivían junto a sus cinco hijos. "Lo mataron unos cabros chicos", me contó Amalia, cuando ya llevábamos unos 15 minutos conversando en el paradero. Mi micro pasó unas 5 veces o más. Y no la tomé, porque Amalia se me puso a llorar y a contarme su vida. Y yo aproveché de contarle la mía.
Ya no recuerdo si fue hace uno o dos años. Pero cada vez que paso por ese paradero me acuerdo de ella, me quedo mirando por si acaso la veo por ahí.
Esa vez me contó que para el año nuevo le había preparado a sus hijos unas panitas con arroz, que el señor que les arrendaba la pieza quería echarlos, que su hija mayor era buena para el estudio y que la profesora jefe le iba a conseguir una beca. Que la niña había querido enseñarle a leer a ella. "Pero yo salí burra", me dijo Amalia. Me dijo también que quería volver al sur, que le gustaría nunca haberse venido a esta ciudad maldita y que más de una vez había pensado en matarse junto a todos sus cabros chicos. Porque si la vida era difícil para ella, ahora que el finao la había dejado sola en el mundo, todo era negro.
La Amalia vendía calendarios en las micros y, después de una media hora de conversa, me subí a la mía con ella. Repartió sus calendarios, le anoté mi teléfono en uno de ellos. En el último del montón que tenía en la mano, porque me dijo que ese nunca lo entregaba, porque se le ensuciaba con sus dedos mugrientos. Le miré los dedos partidos y me dolió todo. Me duele todo hasta ahora, cuando me acuerdo de la Amalia.
Esa vez le di una plata para que sacara su carnet de identidad, porque se lo pedían para postular a una pega. Quería entrar a una empresa de aseo, donde, me dijo, no les importaba que no supiera leer ni que no tuviera todos sus dientes.
Ya no recuerdo bien la cara de Amalia. Sólo me acuerdo de un rostro moreno, unas manos partidas y unos pies duros de cansancio. Nunca me llamó, nunca la vi de nuevo. Siempre me acuerdo de ella. Del beso y el guiño con el que nos despedimos. De lo linda que, me dijo, encontraba mi carrera.

Pienso si habrá entrado a trabajar, si me habrá mentido y usó la plata para otra cosa. O si nunca se llamó Amalia, ni nunca estuvo viuda. Pero siempre aparece en mi mente y todo ese mar de problemas absurdos, donde me ahogo porque mi escasez de preocupaciones lo hace parecer enorme, se seca, se esfuma.

domingo 19 de agosto de 2007

Leslie's birthday


A Leslie le gusta el hiphop
También le gusta Kevin Johansen
Sobre todo "No seas insegura" y "I wanna get down with my baby"
Le gusta hablar en inglés
Quisiera irse a viajar por el mundo o de voluntaria a algún país del África subsahariana
Se compra poleras vintage
Adora a sus "chanchis"
Le gustan los audífonos grandes
No le gusta usar minifalda
Le gustan los hombres que bailan bien
Le gustaría cantar como Christina Aguilera
Le encanta tomar fotos
No cambia sus zapatillas ni por nada del mundo
*Leslie es mi amiga de la U. Una de mis 4 nenas queridas. Nos conocimos la primera semana de clases, hace 3 años, y nos hicimos amigas porque ambas éramos liceanas de corazón y sabíamos bien de las dinámicas del carteo y el delantal desabrochado. Un gran campo común de experiencia.
Después nos fuimos a trabajos de invierno, a construir casas al sur. Nos conocimos con nuestras más indignas pintas y en las menos glamorosas condiciones. Desde entonces, descubrimos que nos encantaba lo de la mediagua y el Fresco Cooler en el paseo a la playa. Me ha aconsejado en mis peores momentos, se ha alegrado de mis cosas alegres y me ha acompañado en las noches de juerga. Y hoy estuvo de cumpleaños!!! FELIZ CUMPLEAÑOS LESLIE! I love u!

lunes 6 de agosto de 2007

he volvido

Después de maltratarme sicológicamente por no ser capaz de mantener un blog actualizado, me hice uno nuevo. Postéeme si no quiere que vuelva a las sobredosis de antidepresivos.